Chávez odia el 26 de septiembre. Si por él fuera lo borraría de un plumazo, aún mejor, de una descarga de mortero. Esa fecha le causa desasosiego, intranquilidad, perturbación. Sabe que una Asamblea Nacional, más o menos equilibrada, sería una piedra de tranca para continuar su proyecto hegemónico. Aun cuando, después, repita el perverso escamoteo de la voluntad popular, tal como ocurrió en las votaciones para gobernadores y alcaldes. Los procesos democráticos ya no le son atractivos y, mucho menos, útiles; a menos que sean al estilo cubano: “Por un solo tubo”. De esta manera no estaría en juego, ni en discusión, su poder absoluto. Además, no tendría que preocuparse por una popularidad que, a pesar de todos los esfuerzos, recursos y presiones, no termina de remontar, después de los bajones de los últimos meses.
De allí esa enajenada huida hacia adelante, llevándose por el medio cuanto vestigio de democracia quede.
A medida que se aproxime la fecha fatídica de las elecciones parlamentarias, el teniente coronel seguirá arremetiendo contra todo lo que crea que le sirve para polarizar el debate. Es la estrategia que le que le ha dado resultados positivos en oportunidades anteriores.
Para ello utiliza su principal arma: el miedo, el chantaje y el terrorismo de Estado.
Amén, del grosero ventajismo proveniente del control férreo de las instituciones del Estado, las cuales utiliza, sin escrúpulos.
Pero, detengámonos en los elementos nuevos de esta etapa electoral, que se aleja, cada vez más, de los patrones y valores de la democracia, basada en el respeto a los derechos humanos, en el reconocimiento a las minorías, en la autonomía de los poderes públicos y en la libre expresión de las ideas y el pensamiento. El común denominador está representado en las formas de represión que ha ido refinando el régimen. La represión política se profundiza, por la vía de diferentes formas. Por una parte, el uso de la violencia administrada en contra de la disidencia política, utilizando los organismos de seguridad, la Guardia Nacional y grupos violentos de civiles armados. Y, por la otra, el empleo de la justicia para criminalizar y amedrentar a opositores incómodos. Hasta aquí podríamos decir que la cosa no ha ido más allá de la acentuación y ampliación de estos procedimientos que apuntan a desmovilizar o neutralizar a dirigentes partidistas y de organizaciones civiles.
Ahora es menester agregar la represión económica y judicial contra empresarios de los sectores alimenticios, financieros y bancarios, para sacarlos del juego y rebanar su capacidad de actuar en defensa de sus legítimos intereses y, por qué no, en apoyo a la democracia y a las organizaciones llamadas a defenderla.
Además, se busca generar rabia, malestar e impotencia en la gente para que termine desanimándose y tire la toalla. Es decir distraer a la opinión pública, mientras transitamos un peligroso campo minado. Les corresponde a los sectores opositores activos trazar con claridad la ruta crítica, a los efectos de salir airosos el 26 de septiembre.
freddylepage@cantv.net
Twitter: @freddyjlepage
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